No esperes lealtad de quien cambia de cara según la ocasión, porque la lealtad no es un disfraz que se ajusta al ambiente; es una convicción que se sostiene incluso cuando soplan vientos en contra. Quien modifica su postura dependiendo de quién lo mire, no está comprometido contigo, sino con su propia conveniencia.
Las personas de doble rostro suelen ofrecer sonrisas que duran lo que les conviene y palabras que se acomodan según el beneficio del momento. Hoy aplauden, mañana critican; hoy prometen, mañana se desentienden. No es traición repentina, es incoherencia constante. Y la incoherencia nunca construye confianza.
Aprender a reconocer esas señales no te vuelve desconfiado, te vuelve sabio. La verdadera lealtad es silenciosa, firme y coherente. No necesita escenario ni público. Permanece igual en privado que en público, en abundancia y en escasez. Rodéate de quienes no cambian de máscara, porque la paz nace cuando sabes que la persona frente a ti es la misma en cualquier circunstancia.











